
Hace unos días, el secretario de Educación Pública, Mario Delgado, publicó un video en el que se sumó a la tendencia de “farmear aura”, una expresión popular entre jóvenes que mezcla referencias de los videojuegos con la idea de acumular carisma, reconocimiento o presencia. El mensaje buscaba vincular la tendencia con la educación y apareció justo antes del inicio del ciclo escolar 2026-2027. La publicación generó reacciones diversas y volvió visible una pregunta interesante sobre la comunicación pública actual.
Las instituciones siempre han buscado formas de acercarse a la población. Lo diferente es que hoy una parte importante de la conversación juvenil ocurre en TikTok, Instagram y otras plataformas donde los códigos cambian rápidamente. Memes, audios, expresiones y tendencias pueden alcanzar millones de reproducciones en pocos días y desaparecer con la misma velocidad. “Farmear aura”, por ejemplo, pasó de los videojuegos y las redes a competencias presenciales organizadas en distintas ciudades.
Que una institución educativa utilice estos lenguajes no tendría que considerarse automáticamente inapropiado. La comunicación pública también necesita reconocer dónde están sus audiencias y cómo se relacionan. Un mensaje institucional que nadie escucha difícilmente cumple su propósito. El problema aparece cuando adoptar una tendencia sustituye al contenido o cuando la búsqueda de cercanía parece desconectada de las preocupaciones reales de quienes reciben el mensaje.
Ahí está la diferencia entre utilizar el lenguaje de una generación y simplemente imitarlo. Los jóvenes reconocen con rapidez cuándo una tendencia forma parte natural de una conversación y cuándo se utiliza únicamente para obtener visualizaciones. Las plataformas pueden favorecer el alcance, pero la credibilidad continúa dependiendo de lo que una institución hace y de la relación que construye con las personas.
Para las universidades y las instituciones educativas este fenómeno también ofrece una enseñanza. Comunicar desde cuentas oficiales ya no consiste únicamente en publicar convocatorias, fotografías de eventos o comunicados. También implica comprender los formatos digitales, escuchar las conversaciones que están ocurriendo y encontrar maneras de participar sin perder la función institucional.
Esto requiere nuevas capacidades en la gestión pública y educativa. Quienes comunican desde una institución necesitan conocer los códigos digitales, pero también saber cuándo utilizarlos, con qué propósito y para qué audiencia. Seguir todas las tendencias puede producir ruido. Ignorarlas por completo puede ampliar la distancia con generaciones cuya vida cotidiana transcurre en esos espacios.
El episodio de “farmear aura” parece ligero, pero plantea una discusión pertinente. Las instituciones están aprendiendo a desenvolverse en una conversación pública donde un video de segundos puede tener más alcance que un comunicado de varias páginas. El desafío será participar en ese espacio sin confundir popularidad con comunicación.
Hablar el lenguaje de los jóvenes puede abrir una puerta. Mantenerla abierta dependerá de que detrás de una tendencia exista algo que valga la pena escuchar.


