
Colaboración: Grecia Sánchez.
En muchos espacios profesionales se ha instalado una idea peligrosa. Que investigar es una actividad exclusiva de académicos o de quienes se dedican formalmente a la ciencia. Como si fuera un ejercicio ajeno a la práctica cotidiana de cualquier profesionista. Sin embargo, en un contexto donde la información cambia constantemente, dejar de investigar es, en realidad, dejar de actualizarse.
Hoy ejercer una profesión no implica solo aplicar lo que se aprendió en la formación inicial.
Implica cuestionar, contrastar, verificar y tomar decisiones informadas. La diferencia entre repetir procedimientos y ejercer con criterio está, precisamente, en la capacidad de investigar. No como un proceso complejo o lejano, sino como una práctica constante de búsqueda y análisis.
Investigar no siempre significa publicar en revistas especializadas.
Significa saber dónde buscar información confiable, entenderla, interpretarla y aplicarla en contextos reales. Un profesionista que no investiga corre el riesgo de operar con información desactualizada, de tomar decisiones basadas en supuestos o de replicar prácticas que ya no responden a las necesidades actuales.
En áreas como la educación, el derecho, la salud o cualquier campo profesional, esto tiene implicaciones directas. No investigar no solo afecta la calidad del trabajo, también impacta en las personas con las que se interviene. Cada decisión profesional tiene consecuencias, y esas decisiones deberían estar respaldadas por conocimiento actualizado, no por inercia.
También hay un problema de percepción. Se piensa que investigar requiere tiempo que no se tiene o habilidades que no se desarrollaron. Pero en realidad, investigar también es hacer preguntas, revisar información antes de actuar y no dar por hecho lo primero que aparece. Es una práctica que se puede integrar en lo cotidiano, no un proceso aislado.
En un entorno donde las decisiones profesionales inciden directamente en lo social, investigar deja de ser una elección individual y se convierte en una responsabilidad pública. Porque ejercer una profesión sin cuestionar ni actualizarse no solo limita el desempeño personal, también impacta en la calidad de los servicios, en la confianza institucional y en la forma en que se construye la vida en sociedad.


