Diálogo Ciudadano por Grecia Sánchez: Juventud, identidad y el fenómeno therian

Imagenmedia Noticias24 febrero, 2026

 

En los últimos años, especialmente a través de plataformas como TikTok e Instagram, se ha vuelto visible un fenómeno juvenil que provoca curiosidad, incomodidad y debate, los llamados therians. Seguramente muchos han visto videos de chicas y chicos con máscaras, colas o incluso desplazándose en cuatro patas. La reacción suele ir del asombro a la burla. Surgen preguntas inmediatas: ¿Qué son?, ¿Están “locos”?, ¿Es comparable con la comunidad trans?

Antes de responder desde el prejuicio, conviene hacerlo desde la información.

El término therian proviene del griego therion, que significa bestia o animal salvaje. El movimiento comenzó en los años noventa en foros digitales como los antiguos espacios de discusión de Usenet, donde personas aficionadas a la literatura de hombres lobo utilizaban el concepto para describir su afinidad con estos personajes. Con el tiempo, el término evolucionó para referirse a quienes expresaban una identificación simbólica o espiritual con determinados animales.

Aquí es fundamental una precisión. Identificarse con un animal no es lo mismo que identificarse como un animal. La mayoría de quienes se asumen como therians saben que son personas. No sostienen ser animales en sentido biológico. Hablan, más bien, de reconocerse en ciertos rasgos que culturalmente asociamos a algunas especies, la lealtad del lobo, la independencia del felino, la capacidad de adaptación. La diferencia entre con y como puede parecer mínima en el lenguaje, pero es sustancial en el significado.

Tampoco se trata de una categoría médica ni de un diagnóstico clínico reconocido. Compararlos automáticamente con otros procesos identitarios, como los de la comunidad trans, resulta impreciso. Son fenómenos distintos, con raíces y marcos conceptuales diferentes. Equipararlos sin matices solo contribuye a la confusión.

Por qué entonces generan tanta reacción. En parte porque vivimos un momento histórico donde, paradójicamente, se espera que la juventud no incomode demasiado. Se promueve una estética neutra, una presencia digital calculada, evitar el cringe, no llamar demasiado la atención. En ese contexto, quienes usan máscaras o recrean conductas animales rompen con la discreción esperada. Hacen visible algo que el entorno social preferiría mantener contenido.

También hay un elemento adultocentrista en muchas críticas. La mayoría de los therians son adolescentes y la adolescencia es una etapa de exploración identitaria. Están conformando su sentido de pertenencia y creando sus propias manadas, es decir, espacios seguros donde compartir intereses con sus pares. Las generaciones anteriores hicieron algo similar con tribus urbanas, estilos musicales o estéticas que en su momento también fueron señaladas como exageradas o incomprensibles.

Identificarse con animales no es una novedad histórica. Desde tiempos antiguos la humanidad ha utilizado figuras animales para representar virtudes, fuerzas o aspiraciones. Lo que cambia hoy es la visibilidad. En la era digital cualquier expresión se amplifica y lo que antes quedaba en círculos reducidos ahora circula globalmente en cuestión de horas.

Hay además un contexto social que no puede ignorarse. Los jóvenes crecen observando referentes humanos atravesados por polarización política, conflictos armados y discursos de exclusión. Cuando el ejemplo humano parece decepcionante, no resulta extraño que algunos prefieran identificarse simbólicamente con atributos animales que perciben como más auténticos o nobles. No es un rechazo a la humanidad, sino una búsqueda de rasgos con los que puedan sentirse en coherencia.

Nada de lo anterior implica idealizar el fenómeno ni dejar de acompañar críticamente. Como toda expresión juvenil requiere diálogo, información y orientación. Las familias y las escuelas tienen la responsabilidad de fomentar pensamiento crítico, educación digital y desarrollo emocional. Ni la ridiculización automática ni la alarma desmedida ayudan a comprender lo que está ocurriendo.

El fenómeno therian no define a toda una generación, pero sí revela algo sobre ella, la necesidad de pertenecer, de nombrarse, de explorar identidades en un entorno hiperconectado. El llamado es claro. Más que reaccionar desde el miedo o la burla, necesitamos fortalecer espacios de diálogo intergeneracional. Escuchar antes de juzgar, preguntar antes de etiquetar y acompañar antes de condenar. La juventud no está perdida, está buscando lenguaje para describirse. Y nuestra responsabilidad es ofrecer criterio, información y apertura para que esa búsqueda se traduzca en crecimiento y convivencia respetuosa en una sociedad plural.

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