Long Beach y Altata, las aves Fénix que renacen de sus cenizas

Imagenmedia Noticias25 agosto, 2026

ADECEM.- Con 70 años de historia, el restaurante encabezado por Natalia Hernández Ángulo ha enfrentado la pandemia y la crisis de seguridad mediante innovación, diversificación y nuevas formas de llegar hasta sus clientes.

Setenta años de historia empresarial no se construyen haciendo siempre lo mismo. Long Beach Restaurant ha pasado por tres generaciones de una misma familia y, aunque mantiene sus raíces en la cocina tradicional de Altata, ha aprendido a modificar su manera de trabajar cuando las circunstancias lo exigen.

Al frente se encuentra Natalia Beatriz Hernández Ángulo, ingeniera industrial de profesión, quien asumió la dirección en 2015, después del fallecimiento de su padre. Tenía entonces 28 años, pero su relación con el restaurante había comenzado mucho antes.

Desde niña convivió con la cocina de la mano de su abuela y, conforme fue creciendo, pasó por diferentes tareas del negocio. Cuando tomó la estafeta lo hizo acompañada por su madre y con un conocimiento construido prácticamente durante toda su vida.

UN LEGADO QUE NO PUEDE QUEDARSE QUIETO

Su formación como ingeniera industrial le ha permitido analizar procesos y buscar calidad, mientras que la experiencia acumulada dentro del restaurante le enseñó otra parte que considera igualmente importante: la relación humana con los clientes.

Para Natalia, atender Long Beach no significa simplemente vender determinado número de platillos, sino mantener la conexión con sus comensales, conversar y compartir historias.

Esa combinación de procesos, calidad y atención personal acompaña una evolución que busca conservar las raíces sin convertirlas en una limitante.

Una parte importante de esa identidad comienza con los proveedores. Natalia procura que los productos del mar provengan primero de la Bahía de Altata y, cuando es necesario, de zonas cercanas como Bahía de Santa María y Pabellones, buscando que la actividad del restaurante genere también economía dentro de la región.

TRADICIÓN E INNOVACIÓN EN LA MISMA COCINA

Los mariscos siguen siendo la base de Long Beach, pero desde la generación de su padre se entendió que no todas las personas que llegan en familia o en grupo quieren consumirlos.

Por ello, el menú incorporó otras alternativas como carne, pollo, caldos, hamburguesas y pizzas. La diversificación ha continuado con Natalia al frente.

Entre los platillos característicos se encuentra el Filete Manhattan, una creación de la casa preparada con filete, camarón, marlín, machaca y queso gratinado. Natalia estima que alrededor del 40 por ciento de la carta corresponde a preparaciones de autor.

Esa búsqueda de nuevas propuestas llevó recientemente a Long Beach a participar en un concurso gastronómico en Altata, donde cada participante debía trabajar conjuntamente con un pescador o pescadora.

Natalia hizo equipo con María, conocida como “la Guerrera del Mar”, y desarrollaron un platillo con almeja chocolata, chile caribe, esquite dorado y una crema a base de chile poblano. La propuesta obtuvo el primer lugar.

EL DÍA QUE ALTATA SE QUEDÓ VACÍO

Los 70 años de Long Beach también han acumulado momentos difíciles, pero pocos comparables con lo ocurrido en 2020.

La pandemia dejó a Altata sin Semana Santa y Natalia recuerda un malecón completamente vacío. Para una comunidad cuya actividad depende fundamentalmente de sus visitantes, el escenario era desconocido.

Cuando las disposiciones lo permitieron, Long Beach recurrió a los pedidos a domicilio. También comenzó a proporcionar desayunos, comidas y cenas a personal de una base de la Marina.

La crisis obligó a encontrar otras maneras de trabajar y fortaleció una actividad que posteriormente sería fundamental para la empresa: el catering.

CUANDO EL CLIENTE NO LLEGA, LONG BEACH VA POR ÉL

El restaurante comenzó a llevar sus alimentos a bodas, reuniones, torneos de golf y diferentes eventos, mediante barras de mariscos y servicios adaptados a las necesidades de sus clientes.

La operación salió primero de Altata y después de Sinaloa.

Ciudad de México, Los Cabos, Monterrey, Coahuila, Durango, Pachuca y Puebla se encuentran entre los lugares hasta donde Long Beach ha llevado su cocina.

La experiencia dejó a Natalia una conclusión que posteriormente volvería a comprobar:

“Nada es seguro”.

Para ella, esa incertidumbre significa que lo menos conveniente para una empresa es permanecer estancada y continuar trabajando siempre de la misma manera.

EL FANTASMA REGRESÓ AL MALECÓN

Cuatro años después de la pandemia, Altata y sus restaurantes volvieron a enfrentar una disminución importante de visitantes, esta vez provocada por la crisis de seguridad iniciada en Sinaloa en 2024.

Natalia reconoce que todavía no se recuperan completamente la afluencia ni los niveles de venta anteriores.

En meses pasados se implementaron acciones como Ruta Segura y diferentes eventos que ayudaron a generar confianza y movimiento. Sin embargo, considera necesario volver a dirigir esfuerzos hacia Altata para incentivar la llegada de visitantes.

Long Beach respondió nuevamente diversificando.

El catering adquirió mayor importancia y ahora también se impulsa en Culiacán un modelo de “ordena y recoge”. Natalia ha considerado incluso abrir una sucursal en la capital sinaloense, aunque las condiciones actuales la han llevado a actuar con prudencia antes de asumir una inversión de esa naturaleza.

DE COMPETIDORES A COLABORADORES

La crisis también produjo cambios entre los propios restauranteros.

Natalia reconoce que tradicionalmente ha existido cierto individualismo en el sector, pero las circunstancias comenzaron a generar una mayor colaboración para recuperar visitantes.

Se organizaron dos megaceviches, se fortalecieron actividades como la carrera de Cruz Roja y surgieron encuentros con restaurantes de Culiacán. Long Beach participó también en una colaboración con Casa Bon bajo la idea de llevar Altata a la ciudad.

La intención es generar motivos para que las personas vuelvan a acercarse a la bahía y, al mismo tiempo, llevar sus productos hacia otros mercados.

Esa misma lógica estuvo presente en La Gran Mesa, encuentro gastronómico realizado en el Jardín Botánico de Culiacán, donde Natalia escuchó a una chef visitante de Ciudad de México expresar una frase que posteriormente hizo suya:

“Culiacán es una historia mal contada”.

LA FAMILIA VUELVE A TOMAR EL RESTAURANTE

Los momentos más complicados también hicieron que la familia regresara directamente a la operación.

Cuando algunos trabajadores no podían trasladarse, Natalia, su madre y sus hijos tuvieron que abrir, preparar, cocinar, atender y cerrar el establecimiento. La circunstancia terminó acercando también a una nueva generación al negocio familiar.

Actualmente la operación se ajusta a la dinámica de Altata. Entre semana pueden trabajar tres o cuatro personas, mientras que los fines de semana la plantilla llega a alrededor de diez, dependiendo de la afluencia y la temporada.

70 AÑOS DESPUÉS, SEGUIR MOVIÉNDOSE

Long Beach comenzó con el abuelo de Natalia, continuó con su padre y desde 2015 está bajo la conducción de una tercera generación.

En ese recorrido ha conservado sus raíces, proveedores regionales y una relación estrecha con Altata. Al mismo tiempo ha ampliado el menú, creado platillos, desarrollado el catering, llevado su cocina a otros estados e incorporado nuevas formas de llegar al consumidor.

La pandemia demostró que el malecón podía quedarse vacío. La crisis de seguridad volvió a demostrarlo.

Por eso, Long Beach ya no depende exclusivamente de esperar que las personas lleguen hasta sus mesas. También está aprendiendo a llevar Altata hasta donde se encuentran sus clientes.

Después de 70 años, la continuidad del restaurante parece descansar precisamente en esa combinación: conservar aquello que le da identidad y cambiar aquello que necesita cambiar para seguir adelante.

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